jueves, 28 de agosto de 2008

San Juan de Luz, Ciburne y Sokoa






Lo reconozco, estoy enamorado profundamente de la mar y como buen enamorado, con los sentidos aturdidos. Me he devanado mi escasa sesera intentando encontrar un tema para escribir, revolviendo en mi memoria cuando muy cerca de casa, a escasos 30 minutos en coche hay una pequeña y no por ende, muy hermosa localidad costera donde he pasado muchos buenos ratos contemplando ensimismado la bravura de las olas rompiendo con furia en sus acantilados y diques de abrigo, paseando por sus calles y sobretodo, disfrutando de una belleza natural equiparable al mejor sitio por mi conocido. Es la fuerza de la “costumbre”, la que me ha hecho olvidarla como lugar merecedor de más unas cuantas letras, algo que voy a tratar de subsanar a continuación, intentando al menos transmitir parte del sentimiento “absorbido” con mi mejor voluntad y poca sapiencia en esto de escribir.

Mis intenciones literarias se van a centrar en una pequeña bahía situada a escasos 15 kilómetros de la frontera entre España y Francia, al sur de Aquitania ó como se denominaría en Euskera “Lapurdi”. Me estoy refiriendo a San Juan de Luz (nombre oficial, en francés: Saint-Jean-de-Luz; en euskera: Donibane Lohizune). Esta rada, es el único puerto practicable entre Hondarribia – Hendaya y Bayona, teniendo una suculenta historia, tanto en su vertiente marinera, con historias de balleneros y corsarios, como política, pues fue en esta localidad y en el año 1660 cuando la Infanta de España; María Teresa, contrajo matrimonio con el rey de Francia Luis XIV. En fin, es historia y muchas versiones se pueden encontrar en los libros, trabajo que dejo al albur de los interesados, no siendo éste el objeto de este escrito.

Para intentar describir esta bahía con un cierto orden, lo voy a hacer tal y como lo hago en cualquier día de invierno, momento más que apropiado, pues no hay que andar esquivando turistas ávidos de playa, aprendices de buceador con toda su parafernalia, practicantes de la vela en clase “tornado” y todo el lumpen de personajes propios de una estación balnearia veraniega; eso sí de bastante nivel económico. Soy muy afortunado al poder disfrutar de este entorno en soledad; perdón en compañía de la mar, con sus arrebatos de furia desbocada o de armonía y paz. Mi costumbre es recórrela a pie, dejando el coche en el extremo sur del óvalo que forma la bahía. Pero me estoy adelantando y para hacer las cosas bien, es necesario seguir un pequeño orden.

Lo primero es situarla geográficamente. Su posición en coordenadas náuticas o universales es; 43º 23" 10 N, 01º 40" 00 W, siendo su orientación hacia NW, pues aunque está muy cerca del Cabo de Higuer, ya se empieza a notar la curvatura de la costa francesa hacia el norte, respecto de la linea este – oeste que forma la cornisa Cantábrica. La bahía forma, como he dicho antes, una especie de óvalo que se adentra en la tierra, rompiendo una imaginaria línea recta que forma la costa. Esa abertura está cerrada mediante un dique por el sur, una isla artificial en el medio y otro pequeño rompeolas por el norte. Para no liar la cosa en exceso, voy a poner unos puntos de referencia “a grosso modo”. En la parte más al sur de la abertura y desde donde nace el principal dique, se encuentra Socoa (Sokoa). Al centro del óvalo y en su parte posterior y separados por el rio Nivelle, Ciboure y San Juan de Luz, estando a la espalda de estas dos poblaciones el “Monte La Rhune”, comienzo de los Pirineos y que curiosamente su cima pertenece al municipio de Bera de Bidasoa.

Mi recorrido comienza en Hendaya siguiendo la carretera D912, carretera que discurre paralela a la costa y que nos permite entre curva y curva, observar el magnífico espectáculo que la mar nos va ofreciendo, al romper sus olas en una plataforma costera formada por unas rocas perfectamente estratificadas en casi un plano horizontal (se denomina algo así como “Flysch), que logran a la bajamar una fractura de las olas en un mar de espuma, acompañado de un ruido atronador; eso si, cuando la mar está un poco movidilla. Llego hasta Sokoa y bajo su torre de control de tráfico marítimo aparco el coche, algo que se puede hacer con total tranquilidad y sin tener que pagar fuera de temporada (en temporada estival hay que pagar en cualquier aparcamiento de la zona, siendo muy conveniente hacerlo para evitar “serios problemas”). Camino hacia la bocana, lugar donde se levanta majestuoso un castillo del siglo XVI, obra de un “famoso” constructor militar francés; el Marques de Vaubou. Este edificio defensivo es el comienzo del rompeolas sur, de unos 400 metros de longitud, siendo la plataforma del castillo un emplazamiento privilegiado para observar la mar enfadada en todo su esplendor y violencia, pero desde un punto relativamente seguro, pero no libre de posibles chapuzones. Es tal la fuerza de la mar que el rompeolas ha de ser constantemente reparado, tarea arduo complicada y que ha obligado a los lugareños a urdir complicados sistemas para trasladar los bloques de cemento que refuerzan la escollera. Recomiendo una visita por la siguiente dirección; http://ketari.nirudia.com/224. Las fotos son lo suficientemente “afortunadas” que explican en un momento lo que a mi me costaría folios de letras inconexas.

Dejo ya Sokoa y caminando por la carretera costera, me voy dirigiendo hacia Ciboure. A mi izquierda en el sentido de la marcha, la bahía y a la derecha lujosas villas, adornadas con jardines perfectamente cuidados durante todo el año. En ese primer tramo nos encontramos con una playa, sumamente concurrida en verano, pero que no es demasiado “glamurosa”. Un poquito más adelante, una figura de la Virgen, siempre muy cuidada y florida, preside y protege a los arrantzales (pescadores) de ese puerto.

Caminando hemos llegado a las primeras edificaciones de Ciboure, paralelas al canal de entrada del puerto. A los lados de la carretera “siempre” y recalco lo de siempre hay una, furgoneta de los CRS (cuerpos de élite de la policía) en el que linda con la mar y un coche “camuflado” en el otro. El pueblo, es de casas blancas muy cuidadas, salpicado con pequeños hotelitos, establecimientos que encantan a los franceses, pero que a mi poca confianza me inspiran, por no decir de sus “hermosas” tarifas. Al fondo de esta zona la carretera general y el trazado del TGV nos indican la necesidad de ir hacia la izquierda. Bordeamos el edificio de la lonja de pescado, nos incorporamos a la carretera general y cruzamos el río Nivelle. Ya hemos llegado a San Juan de Luz.

La vida de esta localidad durante todo el año, se centra en su puerto, una dársena delimitada por su frente por el espigón de la playa y zonas edificadas. En su parte posterior, el puente sobre el río, estando a la izquierda el edificio de la lonja y la entrada al mismo propiamente dicha y a la derecha, el pueblo. La actividad pesquera es bastante considerable, con una importante flota de barcos con artes de deriva (nada ecológicas) y con unos muelles formados por sólidos pantalanes flotantes, similares a los que hay en las marinas deportivas, pero, obviamente mucho más sólidos y dimensionados acorde a los barcos que en ellos atracan. Sin embargo, esta actividad ancestral, queda en un segundo plano durante los meses de verano y temporadas vacacionales, pues en esas épocas la localidad marinera se convierte en un hervidero de gente, turistas y personas con una segunda residencia en la localidad que aprovechan su magnífica playa, la cual ocupa casi todo la parte opuesta a la mar de ese óvalo que es su bahía. Tampoco es para nada desdeñable el turismo de golf, náutico, gastronómico y de relax en taloserapias, pues la localidad está perfectamente dotada para atender a ese tipo de clientela, pero como he dicho antes, clientes con un nivel económico desahogado.

San Juan de Luz es una ciudad luminosa, adornada con todo tipo de arreglos florales en sus rotondas y glorietas, maceteros, jardines y todo tipo de manifestaciones de esa índole, las cuales combinan a la perfección con sus suntuosos edificios, reminiscencia de épocas gloriosas y que hayan su máxima expresión en la iglesia Saint Jean-Baptiste, edifico para mi sumamente curioso, pues los laterales de la misma están ocupados por 3 filas de galerías, las cuales servían de acomodo a los fieles en función de su “estatus” dentro de la sociedad de la villa. Al altar mayor se accede por una escalinata con diez peldaños, La parte más antigua data del siglo XV. Aquí se celebró la boda de Luis XIV con la infanta María Teresa. El edificio conserva un recuerdo: la puerta por la que paso la pareja real en la actualidad está tapiada. En nada son desdeñables otros palacios, pero no creo que sea labor mía hablar de algo que no conozco ni se apreciar.

Otro de los puntos fuertes de la villa son sus comercios, hoy muy centrados en el turismo, pero con unas pastelerías que pueden quitar el hipo a más de un goloso. Es alucinante como en estos establecimientos se “acumula” genero que, en España recibiría un trato suntuoso, pero que aquí se presenta de forma casi “a batalla”, por lo menos en su colocación, que no en la calidad del producto ni en los precios de los mismos. Merece la pena hacer una parada por estos establecimientos.

Y ya, como esto se está alargado en demasía, una mención a la parte norte de la bahía. Las rocas de donde parte el pequeño rompeolas, pliegan sus estratos en formas caprichosas, siendo una verdadera clase de geología práctica para los que conocen esos fenómenos y un placer visual para los profanos.

En fin, un lugar que, a mi, como persona, me emociona y al cual invito encarecidamente a conocer a todos los lectores.

Gaztelupe
http://marbarcosyviajes.blogspot.com/

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