miércoles, 8 de octubre de 2008

PONT AVEN, EL PUEBLO DE LOS PINTORES IMPRESIONISTAS






Pont Aven, un pueblo casi de hadas, donde los pintores de la escuela impresionista francesa encontraron la inspiración y su lugar de descanso

La primera vez que me acerqué a esta incalificable, en bueno, localidad bretona, lo hice a causa de un curioso cúmulo de casualidades. Estaba de viaje por esa zona de Francia, escaso de tiempo y tan confundido como siempre en algo tan normal como trasladar lo que se ha visto en un mapa a la realidad, siendo aquella zona de la Bretaña un auténtico laberinto de lugares super curiosos y de carreteras plagadas de las muy abundantes “rotondas francesas”, todo un invento para lograr que uno se aburra de conducir. Cuando ya empezaba a estar harto, cansado y con el tiempo justo para llegar a mi destino final, la suerte hizo que apareciera una señal de tráfico con el nombre de esa localidad y como daba la casualidad de conocer un buque ferry de esa denominación, me decidí a curiosear un poco sin tener la menor idea de lo que podía encontrarme.

Dejándome guiar por ese curioso ejercicio mental asociativo y desde luego con unas dosis de suerte “increíbles”, llegué a esta fascinante localidad, de la cual nada sabía y de la que me quedé prendado, por no decir “alucinado”, pero que por las premuras de tiempo sólo pude ver prácticamente de pasada, quedando pospuesta su visita, como a otros muchos lugares, siempre con deseos de regresar y nunca re-visitados, para otra ocasión, presentándose la misma hace unas fechas ya con más tiempo para visitarlo y habiéndome informado sobre los pormenores de este enclave.

Ya llevo escrito unas cuantas líneas y todavía no he contado nada interesante; así que voy a centrarme un poco y dejar de divagar.

En los párrafos anteriores comenté de pasada el carácter bretón de Pont Aven; es decir, está casi en la punta noroeste de Francia, el Finisterre de ese país en unas coordenadas geográficas de 47º51’20,75N, 3º44O, longitud que correspondería más a menos en la Península Ibérica a la zona asturiana de Llanes. Utilizando un poco la forma francesa de denominar los lugares, este pueblo es un Chef-lieu de canton (cuya traducción literal sería “cabeza de partido de cantón”) situado en la región de la , Bretaña de Finisterre, en el distrito de Quimper. Para llegar a él por carretera, debemos tomar la N165 (E60), la cual une las localidades de Nantes en el medio oeste francés, con Brest, localidad situada en la misma punta oeste de Francia, discurriendo su trazado por medio de parajes increíbles, pero que requerirían de mucho tiempo para su visita, pues no están exactamente en la traza de la carretera, si no que hay que desviarse. En una de esos empalmes o desviaciones, entre Lorient y ya bastante cerca de Quimper, en el pueblo de Kerandreo, parte la carretera D4 que nos llevará hasta el mismo centro del pueblo. En fin, Pont Aven está donde.........., vamos, como bastante lejos de todo.

Pero, ¿qué es lo que tiene esta localidad para que sea conocida y famosa?. Pont Aven es la ciudad de los pintores impresionistas, donde Paul Gauguin encontró la inspiración para sus cuadros, dando lugar a un polo de reunión de artistas entorno a la escuela fundada por el mencionado pintor y que hoy sigue siendo explotado de forma inteligentemente comercial por sus habitantes, con multitud de galerías, tiendas con utensilios para pintores y toda una parafernalia accesoria típica, símbolo de un modelo de explotación turística del que los franceses son consumados expertos.

Sin embargo, el que escribe estas lineas está muy lejos de seguir estas tendencias artísticas y desde luego vi en este pueblo muchas cosas hermosas dignas de intentar transmitir a los posibles lectores, tratando de “animar” con mis escasas apreciaciones a su visita, algo que voy a tratar de hacer.

A mi modo de ver y quizás anticipando la conclusión de este escrito, Pont Aven es una villa enclavada en un paisaje realmente de “cuento de hadas”. El pueblo está situado en la desembocadura del río Aven a unos 8 kilómetros tierra adentro de la misma, formando un estuario sinuoso entre muros de vegetación impresionante. El influjo de los movimientos mareales es claramente visible en la parte del pueblo más cercana al mar, donde se asienta su puerto, puerto de complicada utilidad pues al estar expuesto a los vaivenes o diferencias de carrera en la altura de las mareas, hace que todos los días los barcos queden varados en su fondo al llegar la bajamar y luego vuelvan a flotar con las pleamares. Este inconveniente, lejos de incomodar a los habitantes de las lujosas villas que adornan el pueblo, se presta como un mayor aliciente estético para sus moradores y visitantes, pues es un magnífico espectáculo ver como la corriente de bajante o de subiente de la marea, vacía o llena de agua salada el pequeño puerto. Como la utilidad de tener una embarcación en un entorno tan condicionado por la naturaleza es bastante mínimo, los pobladores de este lugar llenan el pequeño puerto con barcos de “época” con fines bastante más estéticos que de navegabilidad, algo que no deja de ser un snobismo, pero agrada el ojo del visitante.

Aguas arriba de la finalización del puertecillo y donde la pequeña garganta se convierte en un reducido valle, el cual es ocupado por la población propiamente dicha, hay una serie de molinos que remansando las aguas del río en pequeñas presas, convertían la diferencia de nivel entre el mismo y el puerto (energía potencial) en la fuerza motora de las piedras de sus 12 molinos. Por supuesto, estos molinos no están en uso comercial en la actualidad, pero toda su infraestructura, presas, canales, aliviadero y demás sigue estando perfectamente conservada, transformándose los edificios que albergaban a los molinos en todo tipo de negocios hosteleros, con el denominador común de un gusto exquisito y un saber actualizar un enclave privilegiado sin perder un ápice de su encanto pasado. Los momentos de gloria de pasados tiempos, cuando la élite artística de Francia se reunía en esta encantadora localidad han tenido la virtud de acrecentar el patrimonio monumental de la villa con construcciones que a vista de un profano quitan el hipo, tanto por su belleza estética como por la grandiosidad y armonía de sus formas.

Por supuesto, Pont Avent es un lugar para que los ricos disfruten y los pobres lo contemplemos, pues no es para nada económica cualquier actividad. Ha sido, es y probablemente seguirá siendo refugio de acaudalados veraneantes, los cuales, al menos con los muchos dineros que han de gastar en el mantenimiento de sus lujosas villas, palacetes y barcos, nos brindan a los no tan pudientes económicamente hablando, un verdadero regalo para la vista en forma de una villa con un entorno cuidado hasta en el más mínimo de los detalles, tanto que hasta los coches han de aparcar en lugares de las inmediaciones, por supuesto de pago, aunque si se permite circular por sus estrechas calles.

El comercio de souvenirs típicos roza los límites de la sutileza estética y por supuesto a muy buenos precios (en lo elevado). Una simple lata de sardinas, anunciada como de la zona ( a lo mejor son gallegas), es ofrecida como algo que roza lo sublime, en una lata de diseño y envuelta en un papel digno de una producto de alta gastronomía. De hecho, es comprada por tantos visitantes que se ha hecho casi un objeto de culto dentro de las sofisticadas tiendas. A mi entender, se roza por no decir, se rebasa el ridículo, pero hay gente para todo y juzgar u opinar sobre comportamientos humanos no es el objeto de este relato.

Para los menos pudientes están las “Galletes de Pont Aven”, muy populares en Francia, exquisitas de gusto. Están elaboradas con buenas dosis de pura mantequilla bretona, grasa que irá directamente a recubrir el hígado del comensal, aumentando, por no decir disparando los niveles de colesterol “malo”. Por desgracia, en demasiadas ocasiones los placeres gastronómicos no son buenos para la salud, pero “engullir” un paquete de esas deliciosas galletas, sin ser precisamente algo loable para nuestra cuerpo, representa un pequeño placer epicúreo digno de ser realizado y al alcance de todas las economías.

Resumiendo, aunque mis ojos no hayan podido captar algunos de los múltiples matices lumínicos que los pintores impresionistas encontraron y siguen intentando encontrar, si puedo afirmar con rotundidad la primera impresión que este pueblo causó en mi, cuando desconocía su historia y que me dejó prendado, obligándome a regresar. Se que esta última frase suena bastante cursi, pero no soy capaz de encontrar algo mejor para justificar mi regreso a esos lares tan apartados de las rutas convencionales. Doy gracias a la Diosa Fortuna por haberme sido propicia mostrándome mediante sutiles coincidencias el camino hasta este pueblo, pues Pont Aven merece ser descubierto y contemplado para el recreo de nuestros sentidos, reconociendo el buen gusto demostrado por los pintores de esa tendencia artística cuando lo tomaron como fuente de inspiración.

Gaztelupe

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