lunes, 11 de agosto de 2008

Gracias "Oceanic"


No es nada difícil cuando uno anda por los muelles, viendo barcos y pegando la oreja para poder oír las historias de esos hombres, de cara surcada de arrugas, boina calada o mejor dicho, atornillada a rosca, que los barcos “tienen alma”; es decir, una especie de personalidad propia. Esto que a vuela pluma suena como una verdadera insensatez, por no tildarlo de otra manera más soez, pues un barco, bote, lancha o cualquier otra denominación que demos a cualquier artilugio náutico, no pasa de ser una máquina inanimada, incapaz por definición de transmitir sensaciones. Sin embargo, los barcos han sido, son y espero que serán fuente de muchas emociones y en ese es el “encuadre” sensitivo por donde quiero orientar este escrito sobre el “Oceanic”, mi primer barco. Barco en el que navegué más de dos días consecutivos y del que guardo un recuerdo muy marcado.

Me gusta siempre que escribo sobre barcos, dar una reseña técnica de los mismos, lo cual no deja de ser una forma de mostrar mi respeto ante la nave y las mentes que la diseñaron. Como no será del gusto de muchos posibles lectores, lo voy a hacer de una forma sucinta y rapidita.

El barco fue construido en 1963 por Cantieri Riuniti dell'Adriatico, Monfalcone, hoy astillero integrado en el gigante italiano “Fincantieri”, uno de los 2 grandes grupos constructores actuales de naves de pasaje. Desplaza 38.772 toneladas, con 238,4 metros de eslora, 29,4 de manga y un calado de 8,6 metros, estando propulsado por unas turbinas “De Laval” de 44.500 Kw de potencia que le daban un andar a máxima velocidad de 26,5 nudos, pero con un consumo realmente elevado. Tenemos que pensar que el barco originariamente, estaba destinado a cubrir una de las numerosas líneas que surcaban el Atlántico entre Europa y América, algo que obligaba a velocidades elevadas sin tener muy en cuenta el precio de un relativamente barato combustible. Inicialmente tenía capacidad para 1.600 pasajeros, divididos en tres clases diferentes, algo que tuvo que ser modificado en sus diferentes reconversiones hasta llegar a los 1.136 actuales y 565 tripulantes. El barco no ha pasado por demasiadas manos y su larga vida no se ha visto empañada por incidentes de consideración. Es probablemente, uno de los escasos barcos que quedan construidos en chapa de acero “remachada”; es decir unidas sus planchas mediante una especie de clavos cuyas ambas cabezas se “aplastaban” al rojo, dando unas embarcaciones sumamente sólidas y como se puede comprobar, duraderas.

Comparar este barco con los que hoy acaparan un pellizco muy importante del negocio vacacional, no está dentro de mis intenciones y si en algún momento lo hago, pido anticipadamente disculpas al sufrido lector que ya me ha aguantado un buen número de lineas. La vida y los barcos desde aquel no muy lejano año en que en él embarque hasta ahora, ha cambiado una barbaridad y los que en aquellas fechas descubríamos el placer de navegar, mucho más todavía.

Para mi fue una experiencia ya desde su principio; es decir la compra, pues en aquellas épocas el reservar y pagar un viaje de esa “enorme envergadura” con tanto adelanto, era una sensación complicada, acostumbrado como estaba a viajes de pequeño tamaño, más o menos contratados sin demasiada antelación y de un importe económico más modesto, pues creo conveniente resaltar que el viaje de crucero, hoy por hoy, es más barato que hace 7 años; ¡ojo!, ponderando los aumentos en el coste de la vida. También he de decir, que la mar y los barcos son elementos de enorme fascinación para mi y por tanto, navegar por primera vez “en serio”, era algo muy emocionante.

Desde el mismo momento del embarque, uno ya empezaba a sentirse “importante”. Un impecable camarero te conducía por los vericuetos interiores de la nave, hasta las mismas entrañas de la misma, donde con mi reducida economía había conseguido una de las más económicas cabinas, pero no por ello, sin dejar de ser cómoda, limpia, en perfecto orden y todo un lujo para un todavía “embobado” pasajero novel. Después toco almorzar en el buffet, donde la abundancia hacía difícil comer con una cierta mesura y lógica alimentaria, pero que contribuyó a seguir aumentando mi euforia inicial. La exploración posterior de la nave, aparte de ser un buen ejercicio para bajar la abundante comida, siguió embotando mi ya de por si recalentado cerebro y aportándome esas sensaciones que un marino frustrado como yo desea como el agua y que me las proporcionaba el deambular por “tan enorme” buque. La salida de puerto, por supuesto, bastante emotiva, aunándose mi curiosidad marinera con el bullicio de unas cubiertas repletas de viajeros, los cuales denotaban una cierta intranquilidad ante la que con mucha probabilidad fuese su primera aventura náutica y si a uno que ha nacido y vivido prácticamente toda su vida junto la mar, ésta le sigue imponiendo un reverente respeto, mucho más supongo que mis compañeros de viajes sentirían.

Al llegar el momento de la cena en el comedor principal, momento en cierta forma temido, pues no por ende has de compartir mesa con unos desconocidos, el “relumbrón” del barco llegó a su apogeo. Un impecablemente vestido camarero me condujo hasta la mesa donde durante todas las noches del crucero había de acomodarme para esa colación. Allí, junto a una mesa excelentemente vestida, nos esperaba el camarero y su ayudante, los cuales fueron los encargados de servirme todas esas noches, con un trato exquisito, una cordialidad franca y un respeto y distancia perfectamente conocidos y dominados por ellos. La cena o ya para ir generalizando, las cenas, muy historiadas y repletas de detalles, pormenores que te hacían sentir sumamente a gusto y colaboraban enormemente a mitigar las posibles tiranteces entre los compañeros obligados de mesa. La profesionalidad y dominio de la situación por parte de Antonio y Aldo, camarero y ayudante respectivamente, era tal que en ningún momento sentías su presencia, aunque no paraban de agasajarte y tratarte como si fueras el único de los pasajeros del barco. Realmente envidiable.

Algo también muy llamativo para “un pardillo” como el que escribe, poco acostumbrado a lujos, fue la actuación del cabinista; es decir, la persona que se dedicaba en exclusiva a cuidar un número determinado de camarotes, ordenando las cosas, cambiando toallas, abriendo las camas y haciéndote sentir de nuevo “importante”. Hoy, con algunos años más y con algo de experiencia en esas lides de los viajes, me parece “excesivo”.

Comentar el recorrido y escalas del buque durante el crucero, creo que no viene a cuento cuando lo que estoy intentando es transmitir una serie de sensaciones personales, ajenas a lo que es el viaje en si mismo. Supongo que cada uno de los pasajeros vio o quiso ver lo que sus ojos le mostraba, algo que ha de ser siempre diferente, pues cada uno de nosotros es un mundo independiente en eso de ver y sentir. A mi me llamaron la atención todas las localidades visitadas, ya fuera por una cosa o por otra y cuando uno es relativamente novel en ese maravilloso mundo del viaje, hasta la migaja más pequeña emociona y gusta.

Siguiendo con mi historia de sensaciones, he de recalcar lo placentero que era tumbarte a leer en la cubierta de paseo (promenade deck), herencia de esos tiempos en los que viajar en un barco no era un placer, si no una necesidad y que obligaba a los ingenieros navales a proveer a esos barcos de pasaje de lugares por donde poder pasear al repar del capricho de los tiempos, algo que en la actualidad no entra en los modelos de nuevo diseño y que me permitió una relajación maravillosa, acompañado por la mar y de un buen libro. Tampoco es de olvidar un rincón de muy complicado acceso, desde el cual contemplar el maravilloso cielo estrellado mediterráneo.

Como ya estoy siendo bastante pesadito, creo que va llegando el momento de poner el punto y final y creo que he de hacerlo agradeciendo a todos los que en ese viaje intervinieron, todo su esfuerzo, profesionalidad y ánimo para hacer que esos recuerdos perduren en el tiempo. ¡Gracias Oceanic!.

Gaztelupe
http://marbarcosyviajes.blogspot.com/

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