lunes, 23 de febrero de 2009

San Sebastián – Donostia, la ciudad en la que vivo





Llevo unos cuantos días con ganas de escribir, y eso implica, devanarme mi escasa sesera en busca de un lugar, por mi conocido, el cual pueda darme “juego” literariamente hablando y que su lectura no sea una tortura para los lectores. Era notorio mi escasa conexión con las musas, no saliendo de mis dedos, que no pluma o bolígrafo, nada merecedor de llenar unos pocos “bytes” en el inmenso espacio de Internet y eso, que le daba vueltas y más vueltas al coco. En fin, sequedad total y cierto desánimo creativo, cuando la solución a mis problemas, estaba enfrente mío; es decir mirando por la ventana. Si, es una zona verde de la ciudad en la que vivo; Donostia – San Sebastián, algo que está en el mismo lugar, todas las mañanas al levantar la persiana, pero, por eso de ser lo más cercano, pasaba desapercibido a mis ansías descriptivas. Tanto revolver en mis archivos mentales, cuando tengo, delante de mi nariz, tema para escribir lineas y más lineas.

Pero no temáis, no me voy a extender mucho, pues son muchas diestras plumas las que han descrito esta ciudad; unas con mejor acierto que otras y además, hay carros de guías turísticas, las cuales se han encargado de ensalzarla hasta límites casi estratosféricos, muchas veces, de forma excesivamente interesada, pero sin duda, con la mejor intención a la hora de llamar la atención del lector, pero, siendo siempre el interés comercial el prioritario, algo común a las de cualquier otra población o comarca, sin que por ello haya de minusvalorarlas. En fin, simplemente solicitando a la oficina de turismo información, nos van a llenar de folletos, planos y publicidad, aunque, eso sí, por eso de la crisis, en menor cantidad y en papel de peor calidad.

Mi intención va ser describir una ciudad “viva”, pero no viva en el habitual sentido dado; es decir, refiriéndose a la actividad humana, si no, “viva”, por ser el hábitat de multitud de formas de vida, siendo la interralación o interacción de los humanos con este entorno, lo que me interesa tratar, pues uno, aunque no entienda prácticamente nada de zoología y menos de botánica, gusta de la naturaleza, siendo ésta, por este municipio, realmente pródiga y digna de mucho encomio. Ya sé, es un tema, no muy atractivo y por ello, aviso, evitando así al posible lector, perdidas de tiempo y paciencia, si continua la lectura, algo que no deseo, aunque no he de negar satisfacción si persiste.

Antes de entrar en materia, unas mínimas nociones cartográficas, por eso de que nos entendamos a la hora de situar un emplazamiento. Si, ya sé, hay mil “aparatejos” para esas funciones a disposición del viajero, pero, no olvidar, que los aparatos también se averían y si sólo dependemos de ellos, puede darse la situación de encontrarnos en problemas no deseados, algo que se evita con un simple mapa de papel. Como pauta de uso establecida, un mapa ha de cogerse de forma que el norte quede arriba, el sur abajo, el este a la derecha y el oeste a la izquierda. ¡Ojo!, esto no significa para nada renunciar a la bueno que la tecnología nos proporciona. Ahora mismo, a la vez que escribo, tengo abierto en otra ventana del ordenador, una herramienta de esas, algo que me facilita enormemente la tarea de escribir, pues, una imagen, vale más que mil palabras, aunque interpretar algunas, a veces, se las trae.

San Sebastián – Donostia, es tanto en el plano geográfico, como topográfico, un municipio harto complejo. La línea imaginaria que marca los límites municipales, es sinuosa como una serpiente, con “islas territoriales” dentro de otros municipios, tal es el caso de hipódromo de Lasarte, el cual, como bien dice su nombre, está en Lasarte, pero no pertenece al municipio homónimo. Si nuestro plano es bueno; es decir con curvas de nivel, éste nos va a proporcionar una información sobre el relieve, viendo que la ciudad, perdón el municipio, es un verdadero sube y baja de montañas, vaguadas y todo tipo de accidentes geográficos, los cuales, dividen a la ciudad en barrios asimilables a “Repúblicas Independientes”, dada la complejidad de conexión entre ellos, algo, como veremos un poco más adelante, va a conferir a la ciudad unas características “muy especiales”. De esta complejidad descrita anteriormente, puede entenderse los manidos tópicos turísticos; tales como “El marco incomparable de la playa de la Concha”, “las tapas y restaurantes del Casco Viejo”, “El Kursaal” y otros varios, dejando de explicar una buena porrada de sitios, para mi, realmente hermosos, pero, bastante complejos de ubicar y mucho más difíciles de llegar, no por su distancia al centro, si no por la cantidad de cuestas a subir y bajar.

Supongo que ya tenemos el mapa o la imagen en la pantalla. Para no volver al lector, excesivamente loco, voy a hacer dos lineas paralelas a la costa, dividiendo el mapa en dos zonas. El límite por el norte, va a estar en la mar, discurriendo la costa “casi” de oeste a este, limitando al oeste con Orio y al este con Pasajes de San Pedro. Al sur, vamos a fijar una linea paralela a la anterior que pase, “más o menos”, por el pueblo de Lasarte. La línea del centro, equidistante aproximadamente de las otras, y ya está bien.

Si voy de izquierda a derecha, en el primer sector del plano, el municipio comienza por los acantilados del barrio de Igeldo. Esta es una zona eminentemente rural, poblado por caserío disperso; unos, todavía explotaciones agrícolas y ganaderas; otras, villas residenciales, algo que nos permite un contacto directo entre ese mundo del campo, tan diferente al urbano, pero a muy pocos metros de la ciudad, una singularidad, didáctica y armoniosa. La costa es por esta zona, bastante abrupta, elevándose hasta alcanzar en la zona del viejo parque de atracciones, cotas de 150 metros sobre la mar. A partir de aquí, la costa se abre en la “Bahía de la Concha”.

De la bahía y toda la zona circundante, ¿qué puedo decir yo más o mejor de lo mucho escrito?. Realmente, muy poquito, pero, por intentarlo, que no quede. La isla de Santa Clara, es el hermoso tapón de la misma, flaqueado a ambos lados, por las moles rocosas de Igeldo y Urgull respectivamente, siendo este último, parque público, de muy empinadas cuestas, pero de vistas espectaculares desde sus 100 metros de altura, tanto hacia el sur con la bahía como principal escenario, como al norte con la mar y el Paseo Nuevo a sus pies.

Entre el Monte Urgull y el siguiente monte en la línea costera; Ulia, con 220 metros, también parque público, casi desconocido por propios y ajenos de la ciudad, pero lugar de naturaleza exuberante y casi salvaje, hay dos elementos muy importantes en la fisonomía de la ciudad. Paralelo a Urgull, la desembocadura del río Urumea, el cual, a lo largo de su discurrir por el término municipal, va a aportar otro aliciente natural más a los muchos del municipio, afortunadamente ya libre de contaminación. El espacio que va desde la desembocadura y los acantilados de Ulia, lo ocupa la playa de “La Zurriola”, flanqueada en la parte más próxima al río, por “Los Cubos de Moneo”, o como es su denominación oficial, el auditorio del Kursaal. De la zona de Ulia, casi prefiero no hablar, pues es mi “paraíso particular”, y uno, no deja de ser egoísta. Es una maravilla auténtica poder andar en medio de un espeso bosque a 20 minutos a pie desde casa; un privilegio no pagable con dinero, donde el trino de los pájaros acompaña al caminante y donde el azul del mar se funde con el verde del monte.

Ya “he acabado”, por decirlo de algún modo, con la parte superior del mapa. Ahora toca la inferior y volveré a utilizar el mismo esquema explicativo; es decir, ir de izquierda a derecha; o lo que es lo mismo, de oeste a este. No voy a extenderme con las zonas puramente rurales, verdaderos paraísos a la vuelta de la esquina, donde parece que el tiempo retrocede al doblar un recodo en cualquiera de los múltiples caminos, entrando en zonas, donde la forma de vida ancestral; la del campo, sigue siendo vigente para las personas que por ellas moran, algo, que a mi criterio, es realmente difícil, pues resistir con tus vacas, ovejas, cultivos y forma de vida, en unas zonas, donde es habitual tener como vecinos a personas, con edificaciones modernas, piscinas y grandes todoterrenos, no deja de ser una heroicidad, aunque a sus vecinos, les moleste el olor a estiércol.

Voy a centrarme en zonas “más urbanas”, aunque antes de continuar, sea conveniente hacer mención a “Chillida Leku”, una muy hermosa finca al sur del municipio, donde estratégicamente distribuidas por la pradera y dentro del caserío de la finca, la familia Chillida, ha erigido el lugar de exposición, de la obra de este famoso escultor donostiarra, lugar de peregrinaje de miles de visitantes todos los años, pues a la obra de arte natural que es en sí la finca, hay que sumar las piezas de ese genial escultor, dando como resultado, un paraje “sumamente” particular.

Ya dentro del entramado urbano y siguiendo el criterio ordinativo preestablecido, tengo que hacer una parada en el alto de Aiete, lugar donde se levanta el palacio real del mismo nombre, enclavado en un parque poblado por cientos de árboles centenarios, de los cuales, dicho sea de paso, no tengo ni la menor idea a las especies a las que pertenecen, pero sin lugar a dudas, muy bello. En esa zona y casi sin solución de continuidad aparente en el mapa, pero si separados por profundas vaguadas, nos encontramos con la zona de Munto, parque este privado y lugar de residencia de la Duquesa de Alba. Al sur del mismo, otra zona que perteneció en su día a esa casa; Puio Lamberri, con un convento de religiosas en su cima, visible desde gran parte de la ciudad, siendo un emplazamiento, simplemente, envidiable. Pasamos el río Urumea y llegamos a uno de los lugares más hermosos de la ciudad; el parque de Cristina Enea, antigua residencia de un acaudalado señor y que con el paso de los años, ha pasado a formar parte del patrimonio de la ciudad, siendo uno de esos lugares, donde la paz y tranquilidad, sólo es rota por los gritos de los crios en sus juegos. Más hacia el este, el parque de Ameztagaña, verdadero pulmón de la ciudad, todavía muy joven en alguna de sus partes, lo cual implica vegetación arbórea de menor porte y quizás, una menor “presencia”, aunque, sin duda, dentro de unos años, será un lugar excelente para el disfrute de las nuevas generaciones. Tampoco he de olvidar la zona del Parque Tecnológico, sector que me había saltado en ese teórico orden en las descripciones, ubicado al sur de la autopista de circunvalación, es también una perfecta simbiosis entre la modernidad en los edificios y la exuberancia del manto de vegetación que los rodea.

Y ya, como esto se está alargando en demasía, acabar mencionando la ingente cantidad de árboles plantados por toda la ciudad. Los hay de todo tipo, aunque, yo no sepa identificarlos, autóctonos, foráneos, de hoja caduca, perenne, altos, bajos. En fin, una cantidad ingente, en la cual y aunque parezca mentira, cada unidad tiene su número, una curiosidad impensable para mi mente, pero lógica si se han de controlar. Sin embargo, toda esta gran cantidad de masa arbórea, muy bonita a simple vista, ocasiona un sin fin de problemas; como árboles que caen con los vientos, llevándose la vida de algún transeúnte, aceras sucias con la caída de las hojas, levantamiento de pavimento por raíces y un largo etc. de problemas, los cuales son solucionados por los técnicos municipales, con mayor o mejor fortuna.

Como corolario a este tostón; toda esta masa verde, es fuente de vida, refugio de animales e insectos, motivo más que suficiente para enorgullecernos de ella, respetarla, cuidarla y así, poder transmitírsela a las generaciones venideras.

Gaztelupe

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