martes, 6 de noviembre de 2012

La calzada de los gigantes, giant's causeway




La Calzada de los Gigantes (giant´s causeway), es una rareza geológica en un entorno de una belleza deslumbrante

Irlanda es una tierra extremadamente prolija en relatos de taberna, donde irremediablemente entre los vapores etílicos de la cebada fermentada o destilada, se habla y se habla, convirtiendo en una realidad casi axiomática las leyendas, algo que sin la menor duda ha ocurrido y nos sigue pasando a los que hemos contemplado extasiados esa rareza natural que es“La Calzada de los Gigantes”. En mi caso y antes de que los posibles lectores puedan pensar en asimilar mi estado etílico a la hora de escribir este relato, al de los lugareños, puedo prometer, jurar o lo que sea, que cuando, como un bobo me quedé alucinado con ese paisaje, no había ingerido cantidad alguna de substancias alucinógenas.

Después de mucho pensar, creo que la mejor forma de comenzar a intentar describir el lugar, es recurrir a la leyenda, algo mucho más prosaico, divertido y en consonancia con esa isla de fantasía. Por tanto, se me ocurre transcribir algunos párrafos de la leyenda que intenta explicar la formación de tan particular enclave. Eso si, de una forma resumida, porque una leyenda en Irlanda, puede ser tan larga, como tiempo este abierto el pub y haya cerveza pagada.

Cuenta la leyenda que el gigante irlandés Finn MacCool hace muchos, muchos años y por motivos que varían en función de las diferentes versiones de la leyenda leídas, aunque yo me voy a quedar con la mas “romántica”, quiso salir de la Isla de Irlanda hacia la vecina isla de Staffa (nada más que ciento y pico de kilómetros de distancia), en las costas de la vecina Escocia para visitar a su amada, concretamente junto a las islas de Iona y Mull, Hébridas Interiores. Para ello reunió miles de bloques de piedra hexagonal; una especie de los pilotes que se utilizan actualmente en la construcción y con su gigantesco martillo los fue clavando en el lecho marino desde la costa, formando una especie de inmensa construcción que se adentra más de 250 metros en la mar, la cual la podemos asemejar a una calzada. La cuestión es que Finn MacCool no la pudo terminar, también por versiones muy dispares de fábula, y no sabemos si pudo o no reunirse con su amada, pero no todos los cuentos terminan bien. Sé que al “amoldar” la leyenda a mis fines literarios, habré incurrido en múltiples motivos de discordia para los puristas de estos temas, pero ¿qué buena historia de taberna no cambia cuando se transmite de boca en boca?. Lástima que mi ingles, como todos los tornillos y tuercas de mi cerebro estén recubiertos por una gruesa capa de orín y no sea capaz de entender esas historias en los pubs.

Antes de intentar describir lo que mis ojos pudieron ver en una magnífica tarde en los finales de septiembre, con un sol brillante en lo alto, viento moderado y un estado de la mar bastante tranquilo, pero no exento de la fuerza del Mar del Norte. Personalmente, hubiese deseado una mar dura, algo que habría brindado un espectáculo de esos de escribir con mayúsculas, pero que con toda seguridad, hubiese supuesto el cierre al visitante de los caminos que llegan cerca de la mar, pues con esa orografía de la costa, el peligro no sería algo latente, si no real y evidente.

Este segmento de la costa irlandesa se encuentra en su parte nororiental; concretamente en el Condado de Antrim, uno de los cuatro condados de la isla pertenecientes administrativa y políticamente a la Gran Bretaña, territorio donde la moneda de curso legal es la Libra Esterlina, aunque para abonar el importe obligatorio del parking, admitieron sin ningún tipo de inconveniente Euros; eso si, con una corrección y aumento en el cambio relativamente importante. Para llegar, hay que tomar la A2, carretera que discurre más o menos paralela a la costa desde Coleraine a Belfast, debiendo tomar una carretera comarcal, de numeración B147, la cual nos llevará a sus inmediaciones. ¡Ojo!, la “señalética”, palabreja que algunos han inventado para describir eso de las señales, no es precisamente muy buena y hay que estar bastante atento a los carteles indicativos, si uno no quiere acabar haciendo compañía a las numerosas vacas que pastan en sus inmediaciones.

Antes de seguir divagando con mis comentarios y como cuña que apostille este descabellado cúmulo de letras, he de decir que este monumento natural está catalogado por la Unesco como “Patrimonio de la Humanidad”, gozando por tanto del máximo nivel de protección ante las posibles influencias de la mano del hombre, estando reconocido por los expertos y mandamases medioambientales como algo único. Esa magnificiencia en su catalogación, fue uno de los motivos por los que me acerqué a la misma con muchos reparos y reticencias. Si en mi parecer, enjuiciar las obras realizadas por el hombre me resultan harto complejo y discutible, mucho más lo ha de ser cuando esos “prodigios” son de origen natural. La relación entre los humanos y la naturaleza ha sido, es y esperemos que no lo sea en el futuro, demasiado compleja. Sin embargo, en el caso de este impresionante monumento natural, es bastante difícil no quedar desconcertado ante su contemplación, dando pábulo a nuestra parte no racional a múltiples emociones. La naturaleza es para mi, la mayor de las obras de arte que los humanos podemos contemplar y disfrutar.

Llegados ya a este punto, toca indefectiblemente intentar describir el lugar. Para ello, lo primero es intentar situarse en el entorno; una costa recortada con prados sobre los que se desarrollan las labores agrícolas, acabados en acantilados verticales, cayendo “a plomo” sobre una mar, tranquila relativamente en el día de mi visita, pero que no debe permanecer en ese estado muchos días al año. En uno de los recortes de la costa hay una especie de saliente o cabo adentrándose en la mar unos 250 metros, formado por una sucesión continua de bloques verticales de basalto de forma hexagonal, de unos 70-80 centímetros entre ejes y con longitudes variables entre los 5 y 14 metros (eso dicen las guías) y que realmente parece obra del hombre. Los folletos explicativos describen hasta cinco zonas diferenciadas, intentando ver hasta las supuestas figuras del camello del gigante o una de sus botas (“imaginación”). Partes a lo largo del acantilado de la zona, parecen sujetadas mediante la utilización contigua de esos pilotes, formando una especie de muro de contención semejante al que ejecutan los ingenieros en las obras de cimentación, aunque aquí, mentes muchos más imaginativas que la mía lo denominan “los órganos”, por la similitud que se puede encontrar en la disposición vertical de estos bloques megalíticos con los tubos de un órgano de iglesia. Los pacientes geólogos han contabilizado más de 40.000 de estos bloques, lo cual nos puede dar una pequeña idea de la dimensión del lugar. Es simplemente “alucinante” pasear por el borde superior del acantilado, con las vacas por el lado de tierra y estas estructuras aguantando los envites de la mar.

Entrar en la enumeración de sus descubridores y de las emociones que ha provocado en los “artistas”, es algo ya bastante largo y tedioso. Sin embargo he de recalcar las magníficas "instrucciones de seguridad",  entregadas con el folleto adjunto al ticket de aparcamiento. Disfrutar en la naturaleza y de la misma con respeto y precaución, es algo a lo que es muy importante acostumbrarse. Mis felicitaciones a las autoridades, por explicar los riesgos en los que podemos hacer incurrir a los cuerpos de seguridad a causa de nuestras imprudencias.

También es bastante pesada, la versión de los geólogos y demás sesudos científicos dan a las causas que dieron origen a este lugar. Es mucho menos prosaica que las leyendas, bastante difícil de comprender para mentes con tan escasos conocimientos como la mía, pero necesaria de ser transcrita, tanto por ser la realidad, como tratar de reconocer la callada labor de esas personas que estudian para que otras vagueemos. Como no quiero ser muy plasta con mis ideas, separo claramente mi texto original de la transcripción original de las mismas. Es ciencia y como tal para muchos, algo prescindible por aburrido, pero de recomendable lectura.

Leyendas aparte, varias teorías han pretendido explicar el origen de la calzada, alguna vez se creyó que era un bosque de bambú petrificado, o el resultado de la precipitación de minerales de las aguas del mar, pero hoy los geólogos concuerdan en su origen volcánico, hace 50 millones de años, Irlanda del Norte y el poniente de Escocia fue zona de actividad volcánica. Los orificios abiertos en la corteza terrestre derramaron lava en el terreno a profundidades de más de 180 m., al enfriarse, la lava se solidificó, y fue cubierta por más lava arrojada durante una segunda erupción, estos minerales fundidos se extendieron sobre la planicie de basalto solidificado y se enfriaron, contrayéndose poco a poco. La composición química de la lava hizo que la presión acumulada en la capa de enfriamiento actuara en torno de un punto central y separara la lava en formas regulares, por lo general en hexágono, modelo que, una vez establecido, no hizo sino repetirse en toda la capa, como el enfriamiento se extendió al estrato de basalto, el resultado fue un conjunto de columnas hexagonales. En la capa superior, la primera en enfriarse, las rocas se agrietaron en diseños prismáticos regulares, como ocurre con el cieno del fondo seco de los ríos, conforme los enfriamientos la separación se prolongó, las grietas superficiales penetraron hasta la masa de lava, dividiendo así la roca en columnas verticales, la fuerza del mar ha desgastado durante miles de años las recias columnas de basalto, que hoy se alzan a alturas diferentes, el ritmo del enfriamiento fue responsable también del color de las columnas, al ir perdiendo calor, la roca se oxidó: sucesivamente fue roja, parda, gris, y finalmente, negra.

Gaztelupe

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