viernes, 1 de mayo de 2009

De Bergen a Kirkenes abordo del Expreso del Litoral, Hurtigruten






Después de bastante tiempo anhelando este viaje, con seguridad mi sueño viajero más deseado, pero muy complicado de poder cumplir dado el importante esfuerzo económico que representaba y obligándome a ahorrar en otras cosas, “por fin” he conseguido hacerlo, cumpliendo con creces las expectativas que con tanta ilusión había depositado en su realización. Soy consciente de haber arriesgado mucho, pues puse muchas ganas, ilusión y esfuerzo en la “tarea”, pues es obvio que en ocasiones, lo que hemos idealizado en demasía, puede defraudar, siendo el “estacazo” recibido directamente proporcional a las energías gastadas, con lo cual, uno se queda muy fastidiado y nada contento. Pero, este no ha sido el caso y puedo hablar con gran satisfacción de lo mucho visto y vivido, quedándome unas tremendas ganas de volver, algo que por desgracia no va a ser factible en una buena temporada, pues mi bolsillo, aparte de quedar muy resentido agradablemente con el importe pagado, mucho me temo que ahora haya de enfrentarse a los avatares económicos tan poco alentadores vaticinados por esos señores llamados economistas. He sido muy afortunado, pero mucho más lo estaré si puedo mediante estas lineas, compartir esa dicha con todos los que por una razón u otra puedan leer este escrito.

Antes de nada, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a la “Diosa Fortuna”, representada por Hurtigruten ASA, pues habiendo pagado el camarote más modesto dentro de la oferta abordo del “M/V Trollfjord”, hizo acto de presencia en forma fehaciente, pues por motivos de disponibilidad operativa, pasé de esa clase inferior (en nada desdeñable) a la suite nº 780, en la popa del barco, con una terraza privada de unos cuantos metros cuadrados y las comodidades propias de ese tipo de camarotes. Para mi fue el mejor de los regalos, pues este viaje es fundamentalmente visual y poder gozar del impresionante espectáculo natural que la costa Noruega brinda en su contemplación, de una forma cómoda y sosegada desde la atalaya que es la terraza de esa suite, con vistas sin interferencias sobre la estela del buque, como de lo que ocurría por su costado de estribor y de forma privada, es simplemente..... No sabiendo como reconocer explícitamente esa maravillosa suerte, encuentro en internet un buen medio para hacer llegar este mensaje de gratitud a donde sea procedente.

He mencionado en el párrafo anterior, el relieve que la observación de la naturaleza tiene en este viaje, razón casi exclusiva de todos los pasajeros, que abordo de los buques de esta línea viajan por motivos únicamente lúdicos, pues en estos barcos, conviven en total armonía las funciones de linea regular de viajeros (35 escalas), ferry, transporte de mercancías y atracción turística, todo ello dentro de un ambiente sumamente agradable, pero exento de los ruidos y alharacas propias de los buques dedicados en exclusividad a la vertiente turística; es decir, los cruceros. Tal y como reza en la publicidad de esta naviera, el viaje en si mismo es la atracción, siendo el sosiego, silencio, la contemplación del entorno y buena comida, motivos más que suficientes para embarcar. Sin embargo, hemos de estar predispuestos a ciertas incomodidades (mínimas) derivadas del carácter laboral del viaje, con escalas en horarios nocturnos y con los ruidos propios de las operaciones portuarias en ellas efectuadas. Son barcos que “trabajan”, pues no por ende llevan uniendo desde hace 113 años poblaciones, en muchos casos de muy difícil acceso, a lo largo de la costa de Noruega, razón por la cual, “Hurtigruten” es de facto uno de los símbolos nacionales de ese país.

Lo siento si soy muy pelma y algo visceral en mis apreciaciones, pero la naturaleza es para mi fuente de emotividad, monumento vivo y algo que hemos de legar a nuestros descendientes, por lo menos en iguales condiciones en las que lo recibimos. Noruega es un país que sabe muy bien lo que la naturaleza le ha otorgado, defendiendo con ahínco la preservación del medio natural (aunque consuman carne de ballena cazada por los rusos), quizás porque son sabedores que en esos parajes habitan los “Trolls” y según sus tradiciones, esos personajes pueden ser bastante molestos cuando se cabrean.

El viaje comienza en Bergen, ciudad a la que llegué por vía aérea el día anterior de la partida. Si bien era una ciudad anteriormente visitada durante una de las escalas del crucero “culpable” de mi enamoramiento por Noruega, el poder disponer de un día completo para volver a investigarla, da realmente para mucho. Investigar el día a día de los lugares que visito me fascina, pues ver lo turístico indudablemente es muy interesante, pero no deja de ser la concha que envuelve a la ostra y es la ostra el verdadero manjar, siendo este tenor lo que quiero reflejar con estas líneas, pues de las impresiones de mi anterior visita hace 4 años ya escribí en su momento y poco o nada (salvo los errores) puedo modificar, pero si añadir otras nuevas impresiones, quizás mucho más cercanas al anecdotario que al formalismo de una crónica turística.

La ciudad ha mejorado con viales remozados, urbanización de aceras y plazas, así como con el desplazamiento de la estación marítima al oeste, en otro brazo del fiordo paralelo a la dársena formada por el muelle de cruceros y el “Bryggen” con las casas Hanseáticas por el este, el mercado del pescado al fondo y el acuario en la punta oeste. Ello ha redundado en una mejor ordenación de los espacios portuarios colindantes con el muelle “Bryggen”, punto de máximo referente turístico en la localidad. Todas las mejoras hacen destacar todavía más todo el encanto de una ciudad difícilmente encasillable dentro de mis esquemas mentales mucho más meridionales. Sin embargo, la urbe ha adquirido algunos de “los vicios” típicos de cualquier ciudad occidental, mas cuando mi llegada fue en sábado 31 de mayo, época del fin de curso, con multitud de jóvenes en las calles; botellón en las mismas durante las horas teóricamente nocturnas por latitudes más bajas y la consiguiente suciedad a la mañana siguiente. Recalco lo de las horas, pues en este viaje no vi el sol en ningún momento por debajo del horizonte; es decir, no había noche, algo bastante más complicado de digerir de lo esperado y que según, en opinión de los psiquiatras es un elemento enturbiador en la salud mental de los moradores de esos lugares tan extremos.

Pero ya me ido del tema y yo no soy nadie para opinar, pero si para asombrarme ante la capacidad económica de los jóvenes, pues hacer “botellón” en Noruega no está precisamente al alcance de nuestros bolsillos. También ayuda a homogeneizar Bergen con el resto de ciudades, la presencia de mendigos, los típicos rumanos de pinta más que sospechosa tocando repetitivas melodías con cualquier instrumento musical. Desde luego, un lumpen no esperado pero que por desgracia abunda cada día más en cualquier lugar y que a mi parecer no han elegido un buen país como destino en su diáspora, porque Noruega es cualquier cosa menos barato, circunstancia a la que aunar su clima poco benevolente.

En las zonas costeras Noruegas, es el barco particular, probablemente más práctico en muchos desplazamientos que el coche, razón por la cual es normal ver multitud de gentes que llegan hasta Bergen para disfrutar de la ciudad en uno de ellos. Cuando han amarrado, se presenta un agente portuario, el cual previo pago, extiende el correspondiente permiso de atraque, permiso que ha de ser colocado en algún lugar visible del barco para control por parte de la autoridad, extendiendo la correspondiente sanción si daba lugar. Para mi, simplemente alucinante.

El barco partió de Bergen rumbo norte a las 20,00 horas, aunque el embarque comenzó 3 horas antes. Ya desde el mismo momento de la salida, la navegación fue una especie de eslalon entre rocas, pasos angostos, cables eléctricos suspendidos por encima de los pasos de navegación, paso bajo puentes cuyo gálibo era prácticamente la altura al tope del mini-palo del “Trollfjord”, todo ello jalonado de edificaciones sobre las pequeñas lomas entre las que el barco navegaba y que tenían una especie de cobertizo–hangar a nivel del mar. En un principio, tan alucinado como estaba con lo que mis ojos iban viendo, ya fuera con ayuda de prismáticos como a simple vista, no fui consciente plenamente del lío náutico en que me estaba metiendo, pues aunque lo que estaba viendo sobrepasaba mi vulgar entendimiento y por supuesto no era capaz de asimilar la idea de que esas edificaciones estaban destinadas a guardar embarcaciones; es decir, un garaje náutico en toda regla.

La cosa pintaba muy, pero que muy bien. Había habido de por medio una suculenta cena buffet y una botella de champagne francés genuino, cortesía del capitán para “los distinguidos” moradores de una de las suites de lujo del barco. Muy a mi pesar, el cansancio y las emociones del día hicieron mella en mi y me retiré a dormir; eso si, bajo un sol de justicia y con 25º de temperatura, circunstancias que colaboraban a aumentar más si cabe mi sensación de irrealidad placentera.

Ya al día siguiente y tras haber dejado durante la noche las escalas en Floro y Maloy, amanecí a las 7,30 horas, con el barco abarloado al muelle de Torvik iniciando la maniobra de salida. De este pequeño pueblo costero de 8.500 habitantes, poco pude ver, pues la salida del mismo coincidió con mi amanecer, un tanto legañoso y todavía no muy repuesto de las emociones del día anterior. El barco puso proa a Alesund, navegando en una especie de corredor náutico formado por una barrera de pequeñas islas e islotes que se adentra en la mar por oeste y que nos va acompañar prácticamente en casi todo la ruta, permitiendo una navegación relativamente plácida al estar al repar de las olas generadas por los temporales Atlánticos. Esto era por el costado de babor, mientras que por estribor navegábamos paralelos a la carretera de la costa, una “alucinante” obra de ingeniería, la cual discurre entre islotes unidos mediante puentes y que ya es en sí misma una de las múltiples atracciones que nos brinda Noruega. Pero cuidado, porque un despiste del conductor puede acabar con su vehículo un poco remojado, algo que se puede evitar usando uno de sus múltiples apartaderos.

También fue evidente la apreciación de la noche anterior, pues la navegación por esas aguas depara multitud de sorpresas para los amantes de los barcos. En un territorio con una orografía tan compleja, muchos de los transportes han de efectuarse por vía marítima, razón por la cual, la proliferación de embarcaciones de cualquier tipo forma y cometido es increíble. El simple trabajo de transportar áridos o cemento para la construcción, como otros muchos, ha de ser confiado a embarcaciones, las cuales, como es lógico adecuan su diseño a esos menesteres, dando lugar a “engendros náuticos” de toda índole. Por supuesto, los transbordadores son algo muy normal para ellos, que no para nosotros, pues ver un mapa de carreteras de ese país sin tener en mente que el ferry es un elemento más de las mismas, es realmente algo de locos; la misma carretera, con su numeración correspondiente se termina al final de un tramo de tierra y continúa otra vez tras salvar la lengua de agua. Los ferries rápidos entre las múltiples poblaciones dispersas, son también tan abundantes como las granjas para la cría de salmones y tanto unos como otros, no hacen más que aumentar la “empanada mental” de uno ante ante la avalancha de información visual recibida.

A las 8.45 horas llegamos por primera vez a Alensud, permaneciendo en puerto 45 minutos, lo justo para estirar las piernas los pasajeros por encima del muelle y aledaños, así como para permitir al barco realizar su operativa normal como buque de línea. En temporada estival, en vez de permanecer 10 horas en ese puerto, el barco retrocede para penetrar por el fiordo de Geiranger hasta su final, lugar donde el barco llega a las 13.30 horas, procediendo al embarque y desembarque del pasaje mediante una embarcación del lugar.

Escribir sobre Geiranger es algo que no voy a hacer, pues por internet circula otro escrito mío y no es cuestión de volver a buscar adjetivos calificativos para un paraje, que por mucho que uno los busque, nunca van a poder reflejar lo visto y sentido al navegar por sus aguas. No en vano es uno de los “Monumentos Naturales” a juicio de la UNESCO y se han vertido rios de tinta alabando su magnificencia. Sólo a efectos de curiosidad haré un inciso, pues habiendo viajado al lugar en fechas muy similares de diferentes años, en esta ocasión disfruté de un tiempo excelente, con sol y unos 25º de temperatura, mientras que en mi anterior visita pasé mucho frío. ¡Así es Noruega de imprevisible!.

A la bajada de Geiranger volvimos a hacer escala en Alesund; esta vez con un poquito más de tiempo (1 hora) y destreza para desembarcar prácticamente a la carrera. Entre el ratito de la mañana, la navegación por sus aledaños y el pequeño paseo de la tarde, me pude hacer una idea de esta ciudad de 40.000 habitantes, la cual, por lo visto desde el barco y el pequeño paseo dado, pintaba bastante bien. Pero navegar en el Hurtigruten tiene esos inconvenientes, pues la duración de muchas de las escalas, sólo permite obtener unas pinceladas a grosso modo de muchas de las poblaciones en las que hace escala.

Partimos a las 18,45 horas, otra vez rumbo norte hacia Molde. Como siempre, con el mapa en una mano y los prismáticos en la otra, intentando situarme dentro de un entorno geográfico enormemente complejo, dado la cantidad de entrantes y salientes que esas costas tienen, no sabiendo con certeza por dónde íbamos. Lástima de no haber comprado un mapa en condiciones, pero uno no deja de ser algo rata y esas miserias al final son la diferencia entre un viaje excelente a uno excelso.

A Molde llegamos a las 21,30 horas, con un buen sol y una temperatura cercana a los 22º. Esta ciudad de 24.000 habitantes, como casi todas las poblaciones Noruegas, es simplemente incalificable. Desde el barco, pues no bajé a tierra, divisé en medido de la ciudad una estructura que se asemejaba a un trampolín de sky. Borracho no estaba (el alcohol es prohibitivo de precio) y ver esa cosa en medio de una ciudad inundada de verde vegetal, no me cuadraba. Miré por los prismáticos y corroboré mi 1ª impresión; era un trampolín, lo cual es evidencia de la presencia de nieve en buena cantidad durante los meses invernales en esa ciudad. En ese puerto coincidimos con el “Nordstjernen”, uno de los antiguos buques que cubrían la línea, hoy transformado en un barco “de exploración” y que iba a jugar un papel muy bonito en los días venideros.

Durante la 2ª noche, aunque lucía el sol, el “Trollfjord” hizo escala en Kristiansund sin que me enterase para nada, tal es la suavidad y finura en sus maniobras, fruto de muchos años de experiencia y de una embarcación tecnológicamente muy avanzada.

A las 7 de la mañana del 3º día, bajé a desayunar al comedor de la nave y cual fue mi sorpresa al ver que casi todas sus mesas estaban ocupadas, señal del interés del pasaje por no perderse nada de lo que la navegación nos deparaba, algo muy gratificante, pues es en cierto modo una corroboración de mis ideas del aprovechamiento de tan hermoso viaje. Allí, el que no corría volaba, algo que era muy notorio a la hora de desembarcar a toda velocidad en las escalas. Sin embargo, durante la navegación reinaba la calma y el sosiego, buscando cada pasajero su lugar donde estar a gusto, leyendo, durmiendo o simplemente vegetando, pero siempre muy atentos a la observación del entorno. Un verdadero placer.

A las 08,15 horas, llegamos a la ciudad de Trondhein, donde amarramos a la popa del “Midnatsol”, unos de los 11 barcos que cubren esta autopista náutica que es Hurtigruten. En esta localidad, la última en que llega el ferrocarril desde el sur dispusimos de casi 4 horas para pasear por sus calles, visitar sus monumentos, ver todo tipo de pequeñas embarcaciones e ir de tiendas. Suelo pararme mucho en los mercados y comercios de alimentación, pues conociendo lo que en estos lugares hay, es para mi más sencillo imaginar el día a día de estas gentes. El saber lo que se puede comer en un hogar normal, es un indicio muy significativo. Había de todo, con abundancia de frutas y verduras, por supuesto, de importación y en un horario comercial muy flexible, con 14 horas ininterrumpidas de apertura, aunque en los domingos se moderaban abriendo únicamente por la mañana. Fue en esta localidad donde vi la 1ª y única pescadería tal y como entendemos ese tipo de establecimientos por donde yo resido, pues a los Noruegos el pescado fresco no les hace nada de gracia, aunque en salado, ahumado, marinado y en otras semiconservas si lo comen. ¡Paradójico!. En Trondhein, como en casi todas las ciudades portuarias cuyos viejos muelles han quedado ociosos, se han aprovechado estos para construir un gran complejo deportivo cubierto, con 4 piscinas, spa, gimnasios, pistas polideportivas, etc...., una magnifica instalación pública que ayudará, a buen seguro, a sus ciudadanos a sobrellevar de mejor manera los rigores climáticos. Así mismo, estaba ya en funcionamiento parte de un complejo de edificios, con zonas internas comunes, tales como espacios de ocio y restauración destinados a albergar de forma “concentrada” a un buen número de oficinas. Una buena idea.

La navegación hasta la siguiente escala; Rorvik, es una pasada auténtica. Seguimos al repar de la mar por la protección del cinturón exterior de islas por un lado y por el otro, una costa de poblados diseminados, casitas con el “hangar” para el barco, pequeños puertos, pasando por debajo de puentes y siempre por canales angostos, algo que pone de manifiesto la habilidad de la tripulación y la excelente maniobrabilidad del buque, siempre con las omnipresentes montañas de cumbres nevadas. Todo un placer para la vista y un gran trabajo para las máquinas fotográficas del pasaje. A ese puerto llegamos a las 20,30, teniendo que esperar unos minutos a que otro barco de la línea, el “Vesteralen” abandonase el muelle para poder atracar nosotros, algo que contemplé desde el comedor, pues era hora de la cena y en estos barcos no hay “contemplaciones” con los horarios. El pueblo no era muy grande, pero al abandonarlo, volvimos a pasar por debajo de otro puente.

Durante la teórica noche, el barco atracó sin que yo me entera en las poblaciones de Bronnoysund, Sandnessjoen y Nesna, lo cual sin dejar de ser sorprendente, ya comenzaba a ser habitual. Como en la madrugada, habíamos de adentrarnos en el Círculo Polar Ártico (latitud 66° 33' 38" N), lo cual dio lugar a la consabida apuesta entre los pasajeros, consistente en acertar con la máxima precisión la hora de cruce de esa línea. Todos los pasajeros del barco recibimos un diploma nominal acreditativo de haber alcanzado esas latitudes; una “chorradilla”, pero que ilusiona. La fiesta posterior con un bautismo de hielo por la espalda, algo a lo que se prestaron gustosos, tanto el acertante como bastantes pasajeros, ya me merece otra consideración.

El 4º día de navegación, ya por esas latitudes tan altas, se presentaba muy alentador. La 1ª parada la realizamos a las 09,20 en Ornes, un pequeño pueblo, pero con un encanto particular. Estaba claro, esa Noruega que estaba viendo, iba calando cada vez más hondo en mi mente y en mi forma de ver las cosas, sintiendo cada vez más agrado en lo que veía, ahora bien, sin perder la perspectiva de lo tremendamente dura que ha de ser la vida en invierno por esos lares. De todas formas, espero algún día poder comprobar cuan diferente a de ser con bien de nieve y frío. ¡Ojo!, pero sólo de visita y con unas buenas vestimentas.

A las 12,30 horas atracamos en Bodo, puerto en el que habíamos de permanecer hasta las 15,00, tiempo suficiente para ver una ciudad de unos 45.000 habitantes y que es la puerta de entrada para el archipiélago de las Lofoten. Esta ciudad está comunicada por ferrocarril con el norte de Suecia, en la zona del mar Báltico, siendo un punto neurálgico de comunicaciones y una ciudad “activa”, pues son muchas las personas que por ella transitan. Pero Bodo no es sólo eso; es un enclave donde muchos noruegos pasan sus vacaciones, con una marina deportiva de consideración, un puerto pesquero lleno de esos hermosos y antiguos barcos, verdaderas “joyas” de los carpinteros de ribera y que hoy, perfectamente conservados, sirven como reclamo turístico, hobby para sus propietarios y orgullo para un país de artesanos de la madera.

De Bodo partimos hacia Stamsund, el 1º de los puertos de las Lofoten en nuestro recorrido. Este grupo de grandes islas se extiende de sur a norte unos 240 kilómetros si midiésemos en linea recta, con altas montañas nevadas (¿como no?) y sirviendo como una especie de parapeto natural para una inmensa extensión de agua en cuyo fondo se emplaza la ciudad de Narvik. Es un paraíso para los aficionadas a la pesca, los cuales acuden desde cualquier lugar del mundo. Alquilan las antiguas cabañas pesqueras y viven unos días en total armonía con el medio, disfrutando de la pesca y comiendo lo pescado. Con el alquiler de las cabañas, va incluido un pequeño bote a motor para poder trasladarse. ¡En fin!, toda una aventura para esas intrépidas personas y no precisamente exportable a la generalidad. A uno le apasiona la naturaleza, pero no en grado suficiente como para abandonar las comodidades de la civilización.

Stamsund es un hermoso puerto pesquero, el 1º en el que vi el bacalao colgado de los secaderos y que hoy en día vive más del turismo que de la pesca, pero ¡ojo!, en Noruega, turismo significa una total armonía con el medio y jamás su alteración. Una opción ecológica, de calidad y por supuesto cara. En esa misma tarde, a las 21,00 llegamos a Svolver, sita en otra de las islas, preciosa, volcada en el turismo, pero con un aparente nivel económico más que elevado. Puede que ser rico no dé la felicidad, pero ayuda para poder permitirse pasar unos días por esos lugares tan especialmente bellos. Al menos he tenido la dicha de conocerlos, aunque haya sido de pasada.

Sin embargo, al día le restaban todavía emociones. Sobre las 22,30 horas, el barco comenzó a atravesar un estrecho canal habitual en su ruta. Como ya venía siendo normal, indescriptible, pero ampliamente superado en belleza cuando a las 23,30 horas, el barco viro a babor y muy poco a poco fue entrando por una especie desfiladero de paredes casi verticales y con una anchura no superior a dos veces la manga del barco. Estábamos comenzando a entrar en el fiordo que da nombre al barco en el que navegaba; el “Trollfjord. El total silencio con el que nos adentrábamos en él, de pronto fue roto por los gritos de un grupo de personas, ataviadas como vikingos y encaramadas por los agrestes riscos. ¿Alucinación?,¿gamberros?. La respuesta un rato después , de la sorpresa, al llegar a la parte ancha y final del fiordo nos la dio la presencia de el “Nordstjernen”, el cual había desembarcado en sus lanchas neumáticas al grupo de figurantes emuladores de los vikingos. Una “gansada” de lo más original, muy bien acogida por el pasaje.

En el transcurso de la madrugada recalamos en los puertos de Stokmaknes, Sortland y Risoyhamn y ya cuando desperté al día siguiente estábamos casi de salida de Harstand, población relativamente grande (23.000 habitantes) y de la cual guardo escasos recuerdos. La navegación por esas zonas la realiza el barco entre islas de altas montañas nevadas, notándose claramente un cambio en la orografía, la cual se va volviendo en cada milla navegada hacia el norte, más dura, agreste y sorprendente. A las 11,15 horas llegamos a Finnsnes y todo el pasaje, en ordenado tropel desembarcamos para aprovechar la ½ hora de escala. La verdad, había poco que ver, pero el viaje es tan ilusionante que hasta el más modesto villorrio “motiva”. A partir de ahí, navegamos entre altas montañas blancas hasta llegar a Tromso, capital de la Noruega ártica, en cuyo muelle permaneceríamos atracados 4 horas.

Tromso, según los folletos, es conocida como “La París del Norte”, la verdad que no sé porque, pero no deja por ello de ser impresionante. Se asienta sobre una isla, aunque parte de sus 63.500 habitantes viven en su parte continental. Está unida a tierra mediante un gran puente y un túnel, siendo una ciudad de lo más curioso, pues conjuga trampolines de sky en medio de la misma, con una prestigiosa universidad, hermosas edificaciones, una catedral vanguardista, un instituto de investigaciones polares y un bullicioso puerto donde recalan todo tipo de embarcaciones diseñadas para el transporte de lo más cotidiano; desde las basuras a materiales de construcción, pasando por cualquier artículo necesario para las poblaciones cercanas. Es también lugar de atraque de las grandes flotas de pesqueros que faenan por esas aguas, balleneros rusos incluidos. Pero para mi, lo que más me llamó la atención es la facilidad con que los humanos nos acostumbramos a situaciones extremas, pues en esta localidad hay varios meses sin que el sol se meta por debajo del horizonte (sol de medianoche) e igual número de días en los que el sol no sale; vamos, algo que me parece muy duro para mente y cuerpo, pero que esas gentes “aguanta”.

A la salida de Tromso y tras pasar bajo su puente, la proa del “Trollfjord” puso rumbo a Skjervoy, pequeño puerto, pero lleno de pesqueros e inclusive con una marina deportiva, aunque me parece dudoso el número de días en los que navegar en barco sea un placer. La diferencia de puntos de vista, formas de vida entre ellos y los habitantes de países más sureños está bastante marcada. Ellos saben sacan provecho a lo que tienen y me parece que con bastante éxito.

En el siguiente día, el barco entre las 05,15 y las 06,45 horas, permaneció en Hammerfest, lugar inhóspito lugar como todos en esa zona. Este enclave era de mi interés por haber visto y leído bastante acerca de un impresionante proyecto técnico en él implantado. Casi en el mismo puerto y unido a él mediante un pequeño túnel submarino hay una pequeña isla; Melkoya. En ella se ha erigido la planta licuefadora de gas natural más al norte construida. Mediante 3 conducciones submarinas, llega el gas de diversos campos distantes más de 120 Km. al noreste, desde captadores instalados en el lecho marino. En esta planta, el gas es comprimido y enfriado a -164º, pasando a estado líquido, almacenado en tanques especiales y finalmente cargado en buques metaneros. Como las condiciones meteorológicas son extremas, la planta, de tecnología de la empresa alemana “Linde”, fue construida en Cádiz por “Dragados Offshore” sobre una plataforma flotante, la cual se cargó en un buque semisumergible; es decir se hunde para cargar la carga a flote, vuelve a “levantarse” con la carga sobre cubierta y cuando llega a su destino, invierte el proceso. Fue transportada a este lugar, nuevamente puesta a flote y encajada en un nicho de roca previamente tallado en la isla, conectando con precisión con las instalaciones allí construidas. Todo un prodigio de la tecnología, en el que se ha tenido que pasar 25 años desde el descubrimiento de los yacimientos de gas, a la salida del 1º barco cargado. Lo mejor de todo, el impacto ecológico de ese proyecto es prácticamente invisible para los no conocedores del mismo. Hay mucho dinero en Noruega y saben gastarlo. ¡Felicitaciones!.

El siguiente puerto en nuestra derrota fue Havoysund, un pequeño pueblo pesquero en medio de la nada. Los noruegos deben ser de una raza dura, dura, porque vivir allí......, pues como que no.

A las 11,45 horas atracamos en el puerto de Honningsvag, en la isla de Mageroya. Aquí, parte del pasaje se trasladó de excursión hasta Cabo Norte, el punto del continente Europeo más cercano al Polo Norte y yo a lo mío, pasear por las calles, ver el puerto, mirar en las tiendas, etc. La población para estar donde está es bastante grande, contando hasta con un hospital de considerable tamaño y muchos otros servicios casi impensables de encontrar tan al norte. La nieve todavía estaba presente y en algunos lugares aún se podían ver motos de nieve, mientras que algunos vecinos estaban cambiando los neumáticos de clavos, obligatorios en Noruega desde octubre a mayo, por los convencionales. Lo mejor, sin lugar a dudas era la tranquilidad, paz y sosiego que el lugar transmitía, pues aunque estaba lleno de niños pequeños, ruidosos por naturaleza, sus juegos armonizaban con el entorno, saludando de forma afable y desenfadada al éste visitante que miraba todo con ojos de asombro. Las puertas de las casas y garajes estaban abiertas, lo cual me hace suponer un alto grado de seguridad. Ya sé que es algo habitual en muchos pueblos, pero uno ha nacido y vivido toda su vida en la ciudad.

Hasta ese puerto del que salimos a las 15,30 horas hacía Kjolleford, nuestro rumbo había sido siempre norte, pero aquí se marcó un cambio brusco en la derrota, poniendo la proa del barco rumbo al sudoeste. Al navegar en aguas al repar de los temporales y corrientes atlánticas, “paradas” por el Cabo Norte, el paisaje comenzó a cambiar, haciéndose más marrón y monótono, empeorando el tiempo y empezando a mostrar otra Noruega más dura, aunque siempre jalonada de antiguas cabañas pesqueras, hoy en día arregladas “al detalle” y usadas como lugares de “veraneo” o descanso, emplazadas en los sitios más inverosímiles; pequeñas radas, calas de piedra, etc y que me hacían recordar libros leídos sobre balleneros. La riqueza de estas aguas es ingente y como muestra una curiosidad; el barco al llegar a este pequeño poblado pesquero, revolvió con las hélices en la maniobra el lecho del puerto, levantando pequeños peces y crustáceos que bandos ingentes de gaviotas se aprestaron a comer. El espectáculo era similar al mostrado por Alfred Hitchcock en su película “Los Pájaros”, aunque el peligro era diferente; no había ataques pero si un bombardeo cerrado de excrementos.

Nuestra singladura ya era en mar abierto, sin la protección que antes nos otorgaban el navegar entre islas, haciéndose patente en los movimientos del barco. Estábamos surcando el Mar de Barents y se dejaba notar. Antes de la cena paramos en Mehamn, otro pueblo pesquero perdido y ya antes de irme a la cama, pues cuando la mar arrecia, la horizontal es la mejor de las posiciones, paramos por Berlevag, pueblo de similares características al anterior y si bien tenía la alegría de sus casas pintadas en vivos colores, no dejaba por ello de estar emplazado en un lugar bastante extremo y por tanto tener un atractivo bastante relativo.

La noche, algo “movidilla” por el estado de la mar, transcurrió sin mayores sobresaltos. Por supuesto, de las escalas en Batsfjord y Bardo, ni me enteré, amaneciendo en Vadso, pueblo, como todos dedicado a la pesca, plagado de barcos rusos en diferentes estadíos de conservación, pero con una cierta peculiaridad; era un pueblo gris, con calles ordenadas y rectas y ya no estaba al pié de una montaña, si no en una planicie. Quizás el que estaba “gris” era yo por la inminencia del fin del viaje; posible y hasta razonable.

La navegación hasta Kirkenes, emplazamiento casi fronterizo con Rusia es ya entre montañas, con las consabidas y omnipresentes cabañas. Fue fundada por la existencia en sus inmediaciones de una mina de hierro, siendo su proximidad a la frontera con la antigua URSS razón más que suficiente para no ser precisamente un paraíso. Durante la 2ª guerra mundial fue atacada en 320 ocasiones, quedando “literalmente” arrasada. Ya en la época de la guerra fría, la zona, más que gélida debió ser un punto extremadamente caliente. Pero eso ya es historia y por fortuna las cosas son muy diferentes. Ahora hay cantidad de pesqueros rusos atracados en sus muelles y astilleros y la ciudad se ha convertido en foco de atención turística, aunque he de manifestar la pobre impresión que me causó. Debo ser un poco “rarito” en mis gustos y apreciaciones.

Ya en Kirkenes tocó coger la maleta y dirigirme hacia el portalón de desembarque. Tan pronto como puse pié en tierra y me volví para ver el barco sentí una avalancha de sensaciones contradictorias. Por un lado había tristeza de abandonar un buque, una tripulación y una compañía que me ha brindado unos días, para mi, insuperables. Por el otro, alegría de ver un sueño cumplido. ¡Adios Trollfjord!, con mucha suerte puede que vuelva a verte y volver a surcar las aguas de ese país Noruego que tanto me fascina.

Gaztelupe
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